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sábado, 10 de abril de 2010

Hotel Celine, de Armando Roa Vial

El libro “Hotel Celine” de Armando Roa Vial es un espacio donde confluyen los fantasmas del escritor, alucinaciones y, como telón de fondo, la poesía que invade mundos, axiomas, sonidos guturales donde se advierte la presencia de un hondo pesimismo sobre el ejercicio de la creación, en todas sus formas. El poeta indaga en el túnel del tiempo, que a ratos es como un espacio donde la nostalgia invade adjetivos, esos epicentros donde la memoria histórica es tratada con un tono melancólico, evocativo, en una muestra de oficio de un poeta cuyo talento fue reconocido hace años, cuando aún era estudiante universitario, por Jorge Teillier y Armando Uribe Arce.





En el Hotel Celine se recluyen, hospedan, duermen, sueñan, poetas, mendigos, trashumantes sin oficio conocido, personajes que entran y salen de novelas de Gogol, Kafka, Sábato, que trazan borradores de la irrealidad, luego la convierten en ficciones para que los verdaderos autores puedan mirarse con dignidad frente al espejo y convertir la palabra en magia colosal, en laberintos donde recodos y lugares como este Hotel puedan ser observados desde el más allá cuando los lectores, atrapados por el vértigo, duerman el sueño de los justos en un cielo también inventado por estos seres que han hecho de la fábula la continuidad de sus vidas, el eje de sus vidas, mejor dicho.

“Para los huéspedes del Hotel Celine, el único orgullo está, precisamente, en no tener nada de que enorgullecerse”, dice el autor en la nota introductoria. Lo que puede analizarse como una metáfora de la no existencia, es aquí un corpus donde la muerte camina como en los poemas de Nicanor Parra, Georg Trakl, Robert Browning, es decir, por lugares donde La Parca es parte de nuestra cotidianidad, de nuestros besos y sueños.

Malú Urriola, Poesia de la nada

El libro “Nada” de Malú Urriola (a quien conocimos en Santiago a mediados de los ochenta en casa del escultor Lautaro Labbé, cuando tenía 13 años) es un ejercicio mayor de cómo debe elaborarse un texto que combina la magia de la invención con una propuesta integral donde las palabras son secuencias que ayudan a construir un espacio inmaterial para negar la existencia de ese mismo aire que las va construyendo, es decir, un hablante que quiere desaparecer en el hábitat del poema.





Cómo integrar estos códigos poéticos en la realidad del sistema literario chileno?. Compleja pregunta, porque lo que llamamos tradición en nuestro país, en lo que se refiere a poesía escrita por mujeres tiene marcadas influencias del realismo y de la instrospección como fórmulas que intentan dar cuenta de una realidad –como la nuestra- llena de contradicciones. Aquí se intenta, de alguna manera, fundar un territorio de la Nada como lugar de trabajo y vida, dentro y fuera del lenguaje. La apuesta es arriesgada pero los grandes desafíos tienen esos sellos.

Editado por Lom (2003), estos poemas están dotados de una singular belleza donde las palabras están encerradas en cárceles, ahogadas por una cosmovisión donde se plantean interrogantes metafísicas que la poeta intenta resolver situando su palabra en alegorías circulares: allí, juega con la locura, la muerte, los vacíos, los cielos inexistentes, el verbo es acosado con violencia a ratos; huye de este mundo en un aeroplano inexistente, coloca en duda la calidad de la palabra, “que nada digan –les dice- que no mientan más, que no sobornen, que no encubran”.

Pedro Lemebel, De perlas y cicatrices

Conocimos a Pedro Lemebel a fines de los años 70 en Santiago, cuando aún se llamaba Pedro Mardones y era profesor de arte en un liceo de Puente Alto, absolutamente descolocado del sistema y ávido de lecturas, vida, política. Cada cierto tiempo lo veíamos lleno de rasguños, con los ojos morados, en actitud provocativa frente a la policía y a los matones que merodeaban cerca de Plaza Italia en la capital, especialmente en el bar El Castillo Francés, guarida de poetas, actores, y todo tipo de personajes que pululaban en busca de un vaso de vino o una conversación antes del toque de queda.

Frecuentábamos ese lugar con Jorge Teillier, Carmen Berenguer, José Angel Cuevas, Alvaro Ruiz, Carlos Mellado, Hernán Miranda, el pintor Nemesio Antúnez, los actores Tennynson Ferrada, Aldo Parodi, Alfredo Castro, Andrés Pérez, el locutor magallánico Yerko Hromic. Llegaba también la escritora Yolanda Lagos, a la que apodábamos La Coneja quien solía cantar arias y canciones en inglés minutos antes de las once de la noche, momento en que por arte de magia, todos desaparecíamos.